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Comunicado de los Vocales de la lista de la Asociación de Fiscales. Junio 2019.

Queridos compañeros:

Los Vocales de la lista de la Asociación de Fiscales queremos informaros de las cuestiones más relevantes que fueron tratadas en los Plenos del Consejo Fiscal celebrados los días 13 y 14 de junio y 3 de julio de 2019.

1. PROYECTO DE REAL DECRETO POR EL QUE SE APRUEBA EL REGLAMENTO DEL MINISTERIO FISCAL (TERCERA REUNIÓN DE ESTUDIO Y CONCLUSIÓN DEL INFORME DEFINITIVO)

En la que fue la tercera y última reunión de estudio del proyecto de Reglamento, concluimos con el texto que restaba y aprobamos la regulación que sobre las comisiones de servicio habíamos solicitado expresamente los Vocales de la lista de la Asociación de Fiscales en el Pleno del mes de mayo con el fin de ir más allá de los supuestos actualmente contemplados en la Instrucción 3/2015 -y que habían sido trasladados al proyecto de Reglamento-, como modo de proveer temporalmente las plantillas en los casos de ausencia del titular de la plaza por tiempo de seis meses o superior con independencia de la razón de tal ausencia.

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Fungairiño. Por Álvaro Redondo Hermida.

La noticia del adiós de Eduardo Fungairiño nos ha sorprendido a todos, incluso a quienes teníamos noticia de la enfermedad que le aquejaba. En realidad, hacíamos votos para que no fuera cierto, para que se tratara de uno de aquellos episodios que sus especiales condiciones hacían surgir de vez en cuando. Esperábamos que su dolencia no pudiera causar un mal tan grande. Sin embargo, así ocurren las cosas en la vida, lo inesperado se hace presente de modo ingrato, y lo malo se adelanta sin que lo esperemos.

Hace pocos meses que Eduardo dejó de colaborar con la Fiscalía del Tribunal Supremo. La cercanía profesional y la amistad personal dificultan la necesaria objetividad, elemento clave para transmitir una impresión convincente. Aun así, debo intentar describir con breves palabras la estampa del gran hombre, del eximio jurista que se nos ha marchado.

Eduardo desempeñó tareas muy difíciles, estando activo en la Audiencia Nacional, luego siendo jefe de su importante Fiscalía, luego con nosotros en el Tribunal Supremo. Pero primeramente fue Fiscal de Barcelona, una ciudad de la que gustaba hablar siempre, a la que recordaba con cariño, por ser el destino primero, y por la gran calidad humana que allí encontró. Fueron incontables las conversaciones que mantuvimos con Eduardo sobre los Fiscales de Barcelona, allí activos en los años setenta del siglo pasado, época que contempló la actuación de juristas señeros, que transmitieron un saber tradicional y valioso a las generaciones que ahora se encuentran desempeñando altas funciones. 

Cuesta imaginar una trayectoria más elocuente, indicativa del espíritu de servicio que siempre orientó sus pasos. Eduardo amaba a España como nación y como patria, como su hogar y destino, como razón fundamental de su vida. Su conocimiento de la geografía y la historia de esta gran nación llamaba la atención profundamente. No había pueblo por pequeño que fuese, ni comarca en cualquier territorio de la Península y las Islas que Eduardo no conociera, en muchas ocasiones personal y cabalmente. Aportaba a nuestra Junta del Tribunal Supremo una erudición poco común, que era independiente de su gran formación jurídica y parecía propia de un humanista de los viejos tiempos, los de café y política, los de rincones entrañables de nuestras ciudades. donde se comentan anécdota, se intercambian afectos, se preparan actos pequeños que un día devendrán
acontecimientos.

Eduardo tenía la capacidad de describir y resumir. Explicaba sus ideas con claridad y precisión, una virtud esencial en quien debe impartir justicia, para quien la inequívoca comprensión intuitiva se erige en condición inexcusable. Además,fundamentaba sus claras opiniones en normas que conocía bien, porque Eduardo era un jurista profundo, amigo de largas lecturas sosegadas y reflexiones maduras y personales.

Amigo de los amigos, siempre tenía una palabra de aliento para superar cualquier dificultad, de modo que cuando Eduardo entraba en la sala parecía que todo estaba bien, que nada raro ni inconveniente podía ocurrirnos. El día de mi llegada a la Fiscalía del Supremo estaba allí, sin conocerme de antes, sólo porque acudía siempre que el servicio y los compañeros así lo requirieran. Eduardo sabía siempre estar allí, y por eso le echaremos tanto de menos, especialmente quienes amamos la conversación y las lecturas, deseosos de aprender de quienes más saben.

Eduardo era hombre de fe. Su respeto por la tradición religiosa hacía que recibiéramos sin falta la tarjeta navideña, o el saludo adecuado por la fiesta del día. Entre nuestros mejores recuerdos, las imágenes maravillosas de catedrales, de retablos, de pinturas, que tanto conocía y tanto le fascinaban, evidenciando una sensibilidad que unida a su formación intelectual lo convertía en un sabio. Cuando pasó de la Audiencia Nacional al Tribunal Supremo, al haber cesado de modo poco habitual en sus funciones en la Corte especializada en terrorismo, tuve el honor de acercarme a él en la junta de fiscales, y el privilegio aún más notable de poder hablar con él de Derecho. Digo hablar, porque con Eduardo nunca se polemizaba, se intercambiaban caballerosamente las ideas.

Hace un año pude decir unas pocas palabras en la fiesta homenaje de su jubilación, recurriendo a la amistad y sus virtudes para expresar el sentimiento hacia un amigo. No podía imaginar que poco después esas pocas palabras volverían a estar presentes, agigantando las ideas que Eduardo hizo nacer en nuestros corazones de juristas y personas. Eduardo se ha marchado, pero antes de partir quiso ayudarnos a ser algo más sabios, pero sobre todo a ser mejores, pareciéndonos un poco a él.

Álvaro Redondo Hermida

La Razón

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